Fabricantes de mentiras

A siete días de instaurado el Estado de Excepción, que en la práctica representa la oficialización del sistema dictatorial, autoritario y arbitrario que la oposición viene denunciando desde hace casi tres años, el gobierno de El Salvador parece más preocupado por construir una realidad ficticia y paralela, de alegría, felicidad, y normalidad social, mientras las filas de familias humildes se agigantan frente a los centros de detención, esperando saber si sus seres queridos se encuentran allí secuestrados por el Estado, después de haber sido capturados a golpes y patadas por elementos de fuerzas de seguridad que los hacinan y maltratan como si de ganado para conducir al matadero se tratara.

Por “oposición” nos referimos al conjunto de fuerzas que constituyen el dinámico enjambre de organizaciones sociales, partidos políticos, medios de comunicación que luchan por mantener su independencia ante el acoso estatal, gremios, sindicatos y asociaciones profesionales, instituciones deportivas, barriales, departamentales y nacionales, asociaciones de jóvenes, de madres y padres, de mujeres, defensoras del medio ambiente, de la salud, de la educación, iglesias, entre un sinnúmero de otros.  La oposición en El Salvador resulta ser pues, el conjunto de sectores diversos no cooptados o manipulados mediáticamente por el asfixiante aparato masivo de desinformación oficial. Es, crecientemente, el conjunto de fuerzas sociales amenazadas por el régimen. Esto incluye a la comunidad universitaria de la Universidad de El Salvador (UES), sobre cuya cabeza pende la eliminación de la autonomía universitaria, y a los miles de trabajadores y trabajadoras que ven peligrar sus pensiones ante la virtual expropiación de esos ahorros por el voraz y depredador clan de gobierno.

En una muestra de incapacidad, pero sobre todo de impotencia, el régimen populista salvadoreño ha optado por agudizar sus rasgos neofascistas. Esto no sólo en relación a medidas de represión policial y militar sin base constitucional alguna, sino en avanzar con más fuerza en el aplastamiento de derechos y libertades, buscando además construir artificialmente un consenso social como aval para sus medidas represivas. Busca, en suma, hacer creer al conjunto de la sociedad que lo que hace y ordena hacer es “porque el pueblo lo pide”.

Ese mismo mensaje va destinado también a la comunidad internacional, a ese mundo exterior al que el presidente insiste en afirmar por medio de sus redes sociales que no le importa, pero en su actitud y persistencia de mensajes cada vez más victimizantes hacia él mismo y sus políticas, demuestra precisamente todo lo contrario: no puede vivir sin su aprobación, o mejor dicho es incapaz de aceptar una crítica de alto volumen mediático, como resulta ser la de los organismos internacionales.

Las medidas adoptadas, sin embargo, y tal como señalan todos los análisis serios de periodistas de investigación y defensores de derechos humanos independientes, no tienen ni tendrán efecto alguno en las estructuras criminales, porque son las mismas que han repetido cada uno de los gobiernos de ARENA en El Salvador desde el fin de la guerra, y que incluso el FMLN utilizó también de manera ineficaz, sin atentar contra el marco jurídico establecido, pero recurriendo a endurecer métodos de represión que demostraron su inutilidad, incluso apelando a la aberrante utilización de la fuerza armada como elemento de seguridad pública, violando los propios acuerdos de paz firmados en 1992.

En todo caso, y como ya sostuvimos en otras ocasiones, el objeto de las medidas no son las pandillas, ni otros grupos criminales sino el control social creciente, en un país donde la crisis revienta por cada rincón y comienza a hacer cuestionar a la ciudadanía acerca del acierto o no de haber votado por un sujeto tan peligrosamente inestable y de un gobierno tan falto de ética, tan cercano y comprometido con el crimen organizado, tan carente de moral y de vocación democrática de ningún tipo. Los estudiosos de historia podrán rápidamente encontrar la similitud con las personalidades criminales, inescrupulosas y amorales que conformaron los gabinetes nazis de Alemania desde antes de la segunda guerra mundial. Esos gobiernos de lúmpenes, desclasados y ex convictos, solo se destacaban por su matonería y su inclinación por la propaganda y la manipulación. El régimen salvadoreño, para desgracia de su pueblo, y creciente vergüenza de quienes lo eligieron, parece una réplica actualizada de aquellos matones sanguinarios y ebrios de poder.

Un régimen de torturadores con un presidente que lo fomenta

Un editorial de esta semana en un medio salvadoreño afirmaba acertadamente que el presidente y su gobierno estaban prisioneros de las pandillas. Las medidas de respuesta a la ola de homicidios perpetrados por los criminales con quienes el clan actualmente en el gobierno, se asoció desde que administraba los gobiernos municipales de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, vienen a demostrar esa realidad. Son reacciones de un gobierno desesperado y desorientado que, además, no sabe gobernar, y por lo tanto adopta como política la venganza indiscriminada, la ley del Talión en versión celeste, y el lenguaje de terror contra el conjunto de la sociedad. Con su actitud, el gobierno de las nuevas ideas demuestra que no las tiene y que depende, para su estabilidad política, de lo que hagan las pandillas.

Por otra parte, el mismo presidente cada día martilla un nuevo clavo en su ataúd político pero además, para su desgracia, empieza también a sumar puntos para ser eventualmente juzgado por la justicia penal internacional, en la  medida que sus órdenes de tortura, maltrato y represión, son directas y públicas (como son las respuestas de sus cómplices, por ejemplo, el director de Centros Penales, Osiris Luna, personaje clave en la negociación del gobierno con pandilleros en las mismas cárceles del régimen, como es ampliamente conocido). Muchos otros cuadros superiores y medios del gobierno son reconocidos miembros de pandillas criminales y figuran en la nómina estatal de empleados públicos; de tal modo que, más allá de las redadas indiscriminadas, la negociación para “resolver el conflicto gobierno-pandillas” será una realidad, jamás reconocida por el clan familiar.


Las fotos de detenidos sangrando, con rostros con hematomas, claramente víctimas de golpizas y maltratos policiales, publicadas por el mismo presidente, con un repugnante texto que para su mentalidad fascista pretendería ser “jocoso”, indicando su “sospecha” de que el detenido “debió haberse caído, seguramente”; o las órdenes de restringir comida, quitar colchonetas y eliminar cualquier exposición a la luz del sol a los prisioneros, durante el tiempo que el tirano decida, no señala frontera moral alguna, que distinga entre la mentalidad criminal de los pandilleros y un Estado incapaz de garantizar derechos, porque basa sus políticas en la venganza. Son los mismos, en los dos lados de esta batalla campal abierta, y el pueblo pasa a ser rehén y víctima de sus desacuerdos.

Un gobierno que declaró la guerra a los pobres, no a la pobreza

“ Para entrar y salir de la colonia, los militares y policías detienen a la gente. No importa si van a pie o en vehículos. Los requisan, les revisan las pertenencias que llevan, les piden que muestren el Documento Único de Identidad (DUI) y expliquen de dónde vienen o hacia dónde van. Y siempre es así, ida y vuelta, una y otra vez que se sale y se entra a la comunidad.

Eso es lo que se vive una semana después de instaurado el Estado de Excepción en algunas colonias y barrios de El Salvador”. (LPG 3 abril 2022)

Así describe un periódico local la vida en las colonias, barrios marginales y comunidades de diversas ciudades del país. Un cerco militar efectivo se ha levantado en todos aquellos sectores económicamente deprimidos, tradicionales bastiones de diversas expresiones del delito, pero por sobre todas las cosas, involuntaria zona de residencia de los sectores más pobres y crecientemente emprobrecidos de El Salvador.

No es, pues, una guerra contra las pandillas, es una guerra contra los pobres que habitan las comunidades adonde han sido arrinconados. Comunidades que crecen día a día ante el deterioro indetenible de la condiciones materiales de vida de las grandes mayorías de la población. Resulta impensable para un gobierno que orienta todos sus mensajes de atracción capitalista a los especuladores y lavadores de dinero en criptomonedas del mundo, considerar políticas sociales que combatan la inequidad, la desigualdad, la injusticia social, la pobreza, que se plantee cualquier alternativa de redistribución de la riqueza (otra que no sea la concentración permanente de la misma en cada vez menos manos, y que esas manos sean de la familia y amigos del clan de gobierno).

No es eso concebible porque no es para eso que llegó esta burguesía emergente a hacerse con el poder, sino para todo lo contrario, para lo que está haciendo exactamente desde hace casi tres años, avanzando en su plan permanente de acumulación y de su trasformación en clase hegemónica.

Un gobierno aislado del mundo que sigue huyendo hacia adelante

Toda la estrategia mediática está destinada a generar temor y terror en la población, no en los delincuentes sino en quienes el régimen percibe como posible y creciente oposición social.

Con las comunidades cercadas militarmente, con el registro gráfico de los maltratos policiales y la matonería y arrogancia militar, con los mensajes insultantes del presidente, exigiendo más redadas y, en un perversa cadena descendente, la exigencia de los oficiales (policiales y militares) a su tropa  de garantizar un número de detenidos diario por cada agente de seguridad, se exhibe una falsa fortaleza ante el crimen que son incapaces de detener, una pose de dureza menos creíble que cualquier película de Rambo en Vietnam.

Esa estrategia tiene su fatal contrapartida internacional; las imágenes revividas de los traslados de miles de mujeres y hombres prisioneros; la grabación de una mujer joven agarrada de los cabellos por represores y arrastrada por el piso frente al llanto desesperado de su hija; toda esa parafernalia que compone la estrategia mediática oficial del terror, replicada con ajustes de su propia cosecha por los ministros y diputados, que se esfuerzan en ser reconocidos como probadamente obsecuentes y arrastrados ante la figura autocrática del presidente, llega también al exterior.

Esas mismas imágenes que disfrutan y replican tanto los seguidores celestes (humanos o robóticos), tienen una contrapartida letal para el régimen. Fuera de El Salvador, cada sociedad con un mínimo sentido de humanismo y de decencia se muestra asqueada con esas visiones. A muchos incluso les cuesta creerlas, pero al comprobarse su veracidad, al verificarse la situación de indefensión de los miles de mujeres y hombres detenidos, las abiertas amenazas de funcionarios a “no dejar que lleguen a las prisiones” los detenidos, despierta la reacción escandalizada de la comunidad internacional, la cual, a pesar del potente factor distractor de la guerra en el este europeo, no puede menos que levantar su voz exigiendo el respeto de los más elementales derechos humanos, violados de manera indiscriminada en El Salvador de 2022.

Ante esa reacción, en la que sin duda los organismos internacionales de derechos humanos, desde las Naciones Unidas hasta la OEA y la Unión Europea,  pasando por organismos especializados como Amnistía Internacional, HR Watch, entre otras, tomaron la iniciativa en los reclamos al gobierno, la reacción de este fue la habitual cada vez que se encuentra cercado: recurrir al discurso binario del odio y la victimización, del “ellos contra nosotros” y de que “ quien critica defiende a las pandillas”. Si no fuera tan reiterativo y predecible podría tener algún nivel de efecto favorable hacia el gobierno. Pero a esta altura ya eso no resulta creíble. El autócrata lo ha utilizado una y otra vez, contra la oposición política, contra los medios que lo critican o cuestionan, contra gobiernos extranjeros, y un largo etcétera. Hasta con sus socios políticos que le ayudaron a llegar al poder, pero que de golpe se transformaron en un estorbo para su enfermiza necesidad de concentrarlo todo. Sin embargo, no hace mas que continuar con su característica huida hacia adelante, apresurando su fracaso. No conoce otro método. Es incapaz de pensar de otra manera. El narcisismo y la burbuja que lo aísla del mundo, solo le permite ver la vida como un videojuego de ganar o perder. Patético.

Es hora de unir fuerzas

Ante esa situación, más allá de las reacciones internacionales de condena, que debe agradecer el pueblo salvadoreño como manifestación de solidaridad, éste se enfrenta a una situación que requiere definiciones. No está ya enfrentando un gobierno advenedizo, que a fuerza de prueba y error intenta establecer un método de gestión. Ese periodo ya pasó, y se demostró que no eran advenedizos, que traían planes, pero no de gobierno sino de saqueo de las arcas públicas.

Hay una guerra de esta burguesía ascendente y atrasada, con pretensiones oligárquicas, contra el conjunto del pueblo, contra todo aquel que no diga “amén” al autoritario populista de CAPRES; una guerra que tiene entre sus ejes el control del pueblo por hambre y necesidad, por asfixia y dependencia final de limosnas, como hizo durante la pandemia.

Y si la guerra es contra el pueblo, lo es también en la forma de persecución indiscriminada, bajo la excusa de capturar criminales. Si la inteligencia y el espionaje se orienta a conocer los planes  e ideas de la oposición (adopte esta la forma que adopte), si el objetivo de las medidas no son los criminales sino las posibilidades de organización, resistencia y movilización de las organizaciones populares, entonces la única respuesta posible ante ese tipo de régimen, es la lucha activa desde las comunidades, la movilización, la denuncia, la protesta, señalar con nombre y apellido a los criminales y maltratadores de gente humilde. Pero también es la hora de la suma, de la multiplicación de los esfuerzos, de restarle al sectarismo y al mesianismo. De tener clara la lucha contra un régimen abusivo y aislado, pero incapaz de entender otra forma que la de la resistencia.

Si este grupo de matones sin escrúpulos ha avanzado hasta donde ha llegado es porque no ha encontrado oposición suficiente. Dividiendo y manipulando ha gobernado como lo han hecho infinidad de dictadores.

La historia nos demuestra que solo la unidad en la práctica y la existencia de una dirección revolucionaria efectiva, dinámica, creativa y activa, capaz de nuclear tras de sí a un amplio movimiento popular, aglutinado sobre la base de las necesidades diversas expresadas cada día por ese pueblo sufrido, será posible derrotar al clan dictatorial y su régimen militarista.

Las movilizaciones del 1 de Mayo, que ya se encuentran a las puertas, serán seguramente una prueba de fuego para el pueblo y para las y los revolucionarios. Quienes sigan pensando en luchas electorales para poder expulsar al dictador o viven en una ilusión o estarán haciendo más fácil el camino de éste a su consolidación y legitimación. No es admisible acompañar o cerrar los ojos ante el fraude en ciernes que prepara desde el exterior, siguiendo por el control arbitrario del tribunal electoral, en proceso avanzado; hacerlo sería favorecer el proyecto de la burguesía emergente

El estado de Derecho no existe, las libertades no existen, la ley es letra muerta y la Constitución es pisoteada todos los días. No serán ni los imperialistas, ni la oligarquía decadente que negocia sus puestos para garantizar su supervivencia, ni las maniobras electoreras con partidos creados a la medida del régimen, ni mucho menos la pasividad ante la ofensiva reaccionaria, lo que quebrará la columna vertebral de la víbora que muerde desde el poder la yugular del pueblo. Nuestra historia lo demuestra, solo la movilización, la organización y la lucha desde abajo nos hará libres.

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