Lo peor del mundo de la política, los negocios, la guerra y la religión acaba de darse cita en Washington para hacer cínicas profesiones de fe, rogando bendiciones celestiales a políticas criminales. Esos actos contaron con la presencia del usurpador salvadoreño, y con lo peor del gabinete supremacista de Donald Trump.
Una grotesca puesta en escena, cuyo fariseísmo en ningún caso pudo ocultar o hacer olvidar escándalos como el de los infames papeles Epstein, o las tensiones locales y mundiales generadas por las desastrosas políticas de la Casa Blanca.
Sadismo autoritario y cinismo religioso: Trump y sus perros falderos
El primer jueves de febrero, lo más reaccionario de EEUU y algunos de los más cercanos ideológicamente al pensamiento ultra-reaccionario y ultraconservador prevalente, provenientes de diversas regiones del mundo, se dieron cita en Washington D.C. en el llamado Desayuno Nacional de Oración (National Prayer Breakfast), que en su edición 74º se llevó a cabo en el Washington Hilton.
Asistieron el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump (principal orador) y miembros de su gabinete, Legisladores, tanto de la Cámara como del Senado, líderes políticos, religiosos y sociales conservadores, nacionales e internacionales, empresarios y pastores cristianos.
Bajo un lenguaje pío que habla de «unión de oraciones», de “reconciliación” y del «regreso de la religión» a la esfera pública, se oculta un conjunto de personajes que destacan por una de dos circunstancias, o en algunos casos, por ambas:
- pertenecer al sádico mundo de la represión indiscriminada contra los pueblos, abrazar políticas profundamente elitistas que favorecen la concentración escandalosa de riqueza, impulsores de modelos fascistas y retrógrados, cómplices por acción u omisión del genocidio sionista en Gaza, y de otras innumerables acciones violentas contra los pueblos (invasión y secuestro en Venezuela, ataques indiscriminados en África y Asia, entre muchos otros);
- Figurar en los llamados Papeles Epstein.
Entre la asistencia destacaban, además del presidente Trump, Mike Johnson, Presidente de la Cámara de Representantes, Pete Hegseth, Secretario de Defensa, Pam Bondi, Procuradora General, Doug Burgum, Secretario del Interior, Doug Collins, Secretario de Asuntos de Veteranos, Tulsi Gabbard, Directora de Inteligencia Nacional, Jamieson Greer, Representante Comercial de EE. UU y John Thune, Líder de la minoría del Senado.
Entre los invitados internacionales, el Presidente de El Salvador, destacado por Donald Trump como un «gran aliado», Félix Antoine Tshisekedi Tshilombo, Presidente de la República Democrática del Congo, junto con su esposa Denise Nyakero Tshisekedi, y Kalonzo Musyoka, líder del partido Wiper de Kenia.
En su discurso, Trump hizo referencia a la presencia del dictador salvadoreño, que usurpa el poder de su país desde el año 2024: “También nos complace dar la bienvenida a los líderes y dignatarios visitantes de más de 110 países. Están aquí, incluyendo a una de mis personas favoritas, el presidente Bukele de El Salvador. Ha sido increíble. Ha sido un gran aliado de este país”, declaró Trump durante su discurso, para vergüenza del pueblo salvadoreño.
Proveniente del único presidente convicto y en funciones en la historia de EEUU, que lleva en sus manos la sangre de ciudadanos estadounidenses y también de migrantes, así como de víctimas de sus agresiones en otros países (Venezuela, Irán, Yemen, entre otros), además de figurar reiteradamente en los infames documentos Epstein, el elogio constituye casi un insulto. No obstante, la prensa del régimen en El Salvador difundió con orgullo las palabras de reconocimiento a la labor de lacayo imperial desplegada por la dictadura salvadoreña, traicionando no sólo a su pueblo sino a los pueblos dignos y en lucha de Nuestra América.
Por otra parte, en presencia del centroamericano, Trump mantuvo un discurso que no puede considerarse menos que denigrante para cualquier latinoamericano con algo de dignidad. Así lo reflejó la prensa:
“Recuerden que en la campaña [electoral de 2024] acostumbraba a decir que sus criminales dejaban a nuestros criminales como si fueran bebés”, comentó Trump; en la audiencia se encontraba el presidente salvadoreño al que Trump elogió previamente como un “gran tipo” que está ayudando a Estados Unidos por aceptar criminales peligrosos en sus cárceles de alta seguridad.
“¿No es cierto que no mandas tu buena gente a Estados Unidos? ¿No dirías eso?”, preguntó Trump a Bukele en tono de chanza.
“Voy a hablar con él de eso después…”, añadió, provocando las risas de Bukele y del público.
Luego añadió: “Le quiero. Ha hecho un gran trabajo”.
“Son gente astuta, espabilados. Cuando lideras algunos de esos países, en Sudamérica, en América Latina, tienes que ser espabilado”, comentó.
“Cuidan a su buena gente, solo nos mandan a la gente mala”, añadió.[1]
“Vamos a consagrar de nuevo a Estados Unidos como ‘una sola nación, bajo Dios’”, dijo Trump, y habló de una supuesta Edad de Oro americana; no dijo si incluía en esa Edad Dorada los 108,435 trabajadores despedidos del mes de enero, un aumento del 118% con relación a 2025.
Vistas las cifras de las encuestas de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato, en noviembre 2026, ni todas las plegarias al dios que se les ocurra podría salvar al Partido Republicano de una derrota de enormes proporciones. Hacen bien en aferrarse a la ayuda divina, porque parece que los humanos no están por la labor, y podrían perder apoyo entre grupos que le dieron su voto en las presidenciales de 2024, como los hispanos, la comunidad afroamericana y la juventud.
Frente a los insultos de Trump a los habitantes de la América Latina y a sus gobernantes, el dictador salvadoreño no intentó el mínimo descargo, ni la defensa de los tres millones de conciudadanos que se ganan la vida honestamente en EEUU; no mencionó los 16,051 deportados en 2025 (mil deportaciones más que el año anterior, un aumento del 7% respecto al año 2024).
Se limitó a aplaudir, a reír, y a darse otro baño de masas conservadoras y ultras, al recurrir al misticismo, aferrado a su ya cansino y gastado discurso de la seguridad, de la supuesta “ayuda de Dios” para lograr su objetivo y, en otra vuelta de tuerca a su narrativa, que presenta como epopeya, adjudicó un “carácter satánico” a sus adversarios, en especial a las pandillas, a las que supuestamente exterminó.
Por supuesto, no recordó las negociaciones de su gobierno con esos mismos “criminales satánicos”, ni el apoyo de esos votos para ganar sus primeras elecciones, incluida las presidenciales de 2019. Tampoco mencionó el arbitrario uso de medidas inconstitucionales como el régimen de excepción para reprimir opositores, como el caso reciente del sociólogo comunitario y ex director de la Junta de Vigilancia Electoral, quien denunció las anomalías del proceso electoral 2024, Jeovany José Maravilla, en prisión desde el mes de enero, cuando regresó a su país desde EEUU.
Las lecciones de la historia
En El Salvador, la concentración extrema de riqueza en manos de élites inescrupulosas, a cargo de todos los instrumentos de poder, se contradice con las fuertes penurias económicas de la población, sobre todo al ver las exorbitantes ganancias y declarada solidez de la banca y las finanzas locales. En ese contexto de extrema desigualdad siguen apareciendo encuestas que ponen al dictador en cifras tan escandalosamente altas como aparentemente inexplicables.
Es bueno recurrir a la historia para que nos ayude a entender casos similares, y a recordar como terminaron algunas de esas “experiencias exitosas” de tiranos, con las mismas inclinaciones al autoritarismo y similar desconexión con las sociedades que decidieron gobernar con puño de hierro.
Aunque el país se hunde las encuestas dicen que el apoyo al tirano es absoluto
El 19 de agosto de 1934, Adolfo Hitler recibía 9 votos a favor y 1 en contra en la encuesta sobre su dictadura, según titulaba The New York Times al día siguiente:
Berlín, lunes 20 de agosto — El 89,9% del electorado alemán respaldó ayer en el plebiscito la asunción del canciller Hitler de un poder mayor que el que jamás haya tenido ningún otro gobernante en la era moderna. Casi el 10% manifestó su desaprobación. El resultado era previsible.
Se pidió al pueblo alemán que votara si aprobaba la consolidación de los cargos de presidente y canciller en un solo líder-canciller, personificado por Adolf Hitler. Con todos los recursos conocidos por los políticos hábiles y suprimiendo todos los argumentos en contra, se les pidió que dieran su aprobación unánime.
[…] casi el 90% de los votos válidos votaron a favor y casi el 10% en contra, sin contar las papeletas nulas, que pudieron o no haber sido deliberadamente defectuosas.
[…]El respaldo otorga al canciller Hitler, quien hace cuatro años ni siquiera era ciudadano alemán, poderes dictatoriales sin igual en ningún otro país, y probablemente sin igual en la historia desde la época de Gengis Kan.
Ningún otro gobernante posee un poder tan amplio ni subordinados tan obedientes y sumisos. La pregunta que interesa ahora al mundo exterior es qué hará el canciller Hitler con una autoridad tan sin precedentes.
Las lecciones de la historia nos recuerdan que no siempre lo que dicen las encuestas -incluso las elecciones y plebiscitos, que no dejan, al fin y al cabo, de ser formas de medición del pensamiento y la temperatura social- señalan aciertos de juicio, en especial cuando, como en el caso del aparato de manipulación y terror hitleriano, el voto o la opinión eran claramente inducidos.
¿Acaso es muy distinto el caso del dictador salvadoreño? Es justamente el avance del fascismo, a partir de la manipulación mediática, el imperio del terror y la amenaza, el gobierno sin control democrático alguno, un presidente repelente a cualquier tipo de crítica o cuestionamiento, que repite una y otra vez como un mantra, que hay seguridad, y que nada más importa, lo que nos hace recordar el momento del alza de la espuma nazi, del incontenible fanatismo que llevó al mundo a donde hoy sabemos.
En el caso salvadoreño, y ante esa realidad ¿importa acaso tanto lo que digan las encuestas? ¿Se siente la gente en libertad de opinar abiertamente después de cuatro años consecutivos de gobierno bajo régimen de excepción? ¿Se siente la gente segura de responder a un interrogador anónimo que llama a su número personal para preguntar su opinión del gobierno y del presidente? Sabemos que no, porque ya lo han respondido en otras ocasiones, donde mayoritariamente afirman tener temor a expresar su opinión franca sobre el gobierno o la política.
Esa es la realidad de El Salvador 2026. No será una encuesta lo que refleje el verdadero sentimiento del pueblo salvadoreño, por más que los fanáticos a sueldo del gobierno amenacen o insulten desde las redes sociales, por más que difamen a quien opine diferente.
El pueblo recuerda las muertes bajo el régimen de excepción, los aún encarcelados sin causa ni condena, los amenazados y exiliados, a quienes el régimen no pierde oportunidad de insultar.
Eso la gente lo sabe. Esperar que conteste otra cosa que alabanzas al tirano sería no conocer la inteligencia popular y su espíritu de supervivencia. Pero aceptar como válidos los resultados sería, simplemente, desconocer la realidad del país.
La precarización laboral como instrumento de dominación
Esta semana se conocieron algunos datos que también sirven para explicar la supuesta admiración hacia el dictador: Uno de cada cuatro empleados públicos entró al Gobierno en los últimos cinco años.
Según el Ministerio de Hacienda, el gobierno central cuenta con 164,335 empleados públicos, de los cuales 47,113 tienen menos de cinco años en la función pública. Esta última cantidad es la mayor en los últimos 17 años y representa el 28.67% de los empleados del Gobierno.
Las cifras presentadas por Hacienda no incluyen a personal contratado en Asamblea Legislativa y Órgano Judicial, así como tampoco a la Corte de Cuentas, Ministerio de Defensa ni empresas públicas (CEL, ANDA, Lotería y CEPA), por lo que la cifra de contratados y el porcentaje en relación al total podría ser bastante mayor.
Esta alta cifra de contratación, sin duda, infiere la fuerte posibilidad de clientelismo político, sobre todo porque, en paralelo a la contratación de personal afín, o al menos subordinado a las ideas del oficialismo, se llevó a cabo un proceso de “castigo” masivo, eliminando de esas plazas a personal proveniente de administraciones anteriores.
Otra de las características de esta nueva fuerza laboral del Estado, más allá de su disciplina política a la hora de votar, o de apoyar de algún modo al gobierno, incluye también el desapego a cualquier forma de actividad sindical, y con ello el desmontaje de los rudimentos de la organización social popular, en una de las áreas que concentra el mayor contingente de fuerza laboral formal del país.
“Esta nueva generación contratada por Nuevas Ideas no está viendo en el sindicalismo una opción de organización para la defensa de sus derechos. Están aceptando esa precarización de la contratación de sus trabajos”, indicaron dirigentes sindicales al ser consultados sobre el tema.
En medio de la pobreza generalizada se promueve “circo sin pan”. El concierto de una figura internacional sirve para que el gobierno facilite transporte gratis y se militarice la ciudad, con más de 3000 efectivos desplegados en torno al evento. La salud, la educación y los servicios públicos pueden esperar. Lo importante es la distracción.
Así la explosiva mezcla de clientelismo, mesianismo religioso, temor infundido y control absoluto del poder que ya impera en El Salvador, pero que empieza a expandirse peligrosamente hacia el sur del continente.
Cada vez más países caen bajo las redes del neocolonialismo impuesto desde Washington, que tiene en la dictadura salvadoreña el ejemplo a seguir por quienes se apresuran a presentarse como vasallos obedientes, dispuestos a entregar las riquezas de sus países al despojo imperial.
[1] https://expansion.mx/mundo/2026/02/05/solo-nos-mandan-su-gente-mala-dice-trump-sobre-los-lideres-latinoamericanos