El 10 de octubre de 1980 nace el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, como organización político-militar, para enfrentar la cruel dictadura, defensora de intereses oligárquicos, que operaba El Salvador como una finca particular a su exclusivo servicio.
46 años después, con una enorme experiencia de luchas, victorias, avances y retrocesos, el FMLN es hoy una fuerza política madura, registrado como instituto político desde 1992. A lo largo de estos años, en los vaivenes de la política, fue alternativamente ganando y perdiendo terreno en el campo electoral y en espacios de representación popular.
Llegó al Ejecutivo en 2009; diez años más tarde sufrió una importante derrota, primero política y finalmente electoral, que dio paso al largo periodo de autoritarismo, implementado sobre la base de un régimen de extrema derecha que eliminó aceleradamente derechos y garantias ciudadanas.
Desde entonces, el FMLN atravesó un largo periodo de recomposición y acumulación de fuerzas a partir de las lecciones aprendidas. La fuerza de una organización, particularmente si la misma es de carácter revolucionario, no se mide únicamente por sus éxitos sino, sobre todo, por saber extraer las enseñanzas adecuadas de los momentos de dificultad vividos.
La dictadura que enfrentamos
Es importante recordar que el actual proyecto de retorno de la oligaquía al poder, esta vez asociada al grupo burgués emergente, consolidado como fuerza hegemónica de la clase dominante, tiene como objetivo económico la explotación y despojo del Estado y los recursos de la nación, en favor exclusivo de estos sectores.
Sus socios internacionales pertenecen a la economía financiera especulativa y depredadora, relacionada a los intereses de las corporaciones multinacionales, asocadas al trumpismo y el grupo MAGA.
Sus relaciones de connivencia y subordinación con aquellos intereses y, en particular con sectores relacionados con Marco Rubio y la extrema derecha cubano-americana y venezolano-americana, están más que establecidas, en especial porque no les interesa ocultarlas.
Así como en los años 80 del siglo XX, el FMLN se vio enfrentado a una oligarquía rapaz y sanguinaria, hoy enfrenta con otros métodos pero con la misma urgencia histórica, una dictadura de otro tipo, acentada en factores como la manipulación de la conciencia social a partir de la llamada “dictadura del algoritmo”, pero también a través del miedo, impuesto a base de un gobierno en estado de excepción permanente, puerta abierta para reprimir selectivamente a quienes, en un momento determinado, constituyen un obstáculo para su proyecto cardinal.
El FMLN, lo hemos dicho en más de una oportunidad, representa la “piedra en el zapato” de la dictadura. Eliminar a la fuerza de izquierda mejor organizada del país representaba un imperativo para consolidar el régimen.
La fortaleza del FMLN, en ese sentido, no reponde al número de sus integrantes, ni siquiera a las posibilidades de control legislativo o territorial; su peligro radica en su valor simbólico.
Es la fuerza que le recuerda a las clases propietarias que las subalternas, organizadas, fueron capaces de causarles serias derrotas, no solo en el terreno político sino en el militar y el diplomático. Pero el peligro mayor no está en lo que recuerden los explotadores, sino en lo que seamos capaces de trasladar a los explotados en forma de memoria histórica.
Eso quisieron borrar, al “decretar” que los acuerdos de paz eran una farsa, que la guerra popular fue un simulacro, y que los gobiernos de izquierda no habían hecho nada por el pueblo.
No lograron su objetivo y hoy, después de largos periodos de reorganización, el partido de izquierda abre sus espacios a la ciudadanía, y acepta el reto de enfrentar un proceso electoral manipulado y orquestado desde el poder.
El objetivo de la dictadura es seguir aparentando una legitimidad perdida al usurpar el Ejecutivo y amañar las leyes a sus necesidades.
El objetivo de las fuerzas populares y ciudadanas, organizadas en torno al FMLN pero conservando su independencia, es seguir acumulando fuerzas, recuperar espacio territorial, para devolverlo al control ciudadano. Aspira a lograr diputaciones para ponerlas al servicio del pueblo, transformando las tribunas legislativas en espacios de denuncia y acción popular.
Ese es el sentido de victoria en estas circunstancias concretas, y ellas no surgen de ocurrencias, sino de las enseñanzas de quien también en estos días recordamos, el histórico dirigente revolucionario Schafik Jorge Hándal.
Recordando a Schafik
Este 13 de octubre se celebran 96 años del natalicio de Schafik. No está con nosotros desde hace demasiado tiempo, desde 2006, pero sus enseñanzas jamás nos abandonan.
En estos días, cuando la dictadura del miedo y el algoritmo pretende imponer su narrativa, y eliminar cualquier otra que pudiera cuestionarla, es necesario recordar lo que llamamos “el estilo schafikista de campaña”. Este se resume en que las campañas electorales son el mejor momento para el desarrollo de amplísimos trabajos de masas, es decir, de contacto permanente y sincero con el pueblo en todas sus dimensiones, en cada rincón del país.
Esta lógica se basa en que para los partidos de izquierda, y muy en especial para los partidos revolucionarios, suele resultar difícil el contacto permanente y abierto con el pueblo. Las clases dominantes, los poderosos, suelen encargarse de dificultar el trabajo; los aparatos del Estado, como la policía y el ministerio público, puestos al servicio del gobierno en regímenes represivos, contribuyen a obstaculizar el contacto con la población, sobre todo al generar miedo en el pueblo para recibir abiertamente a las y los revolucionarios.
La campaña electoral facilita todo ese proceso de contacto con la gente y permite, por lo tanto, activar formas creativas de organización popular. La campaña electoral en este sentido cobra nuevo valor, y el formal aspecto proselitista pasa a ser secundario.
Hoy estamos a las puertas de un complejo proceso electoral condicionado por la situación interna, pero también por la injerencia imperial directa, en un país cuyo presidente de facto es considerado por el inquilino de la Casa Blanca, como su aliado más seguro de América Latina.
Así pues, en estos tiempos de desafíos monumentales para los pueblos de Nuestra América, también el salvadoreño tiene su alta cuota de retos para poder desmontar un régimen dictatorial que se presenta ante las derechas del mundo como ejemplar y reproducible en otros países.
Recordando a Fidel
Esta semana tuvo lugar en la Ciudad de México, la trigésima edición del seminario internacional de partidos de izquierda y progresistas del mundo que convoca el Partido del Trabajo de aquel país.
Si recordamos a Schafik -y su memoria abarca mucho más que su trayectoria salvadoreña-, es necesario mencionar a otro gigante de la revolución mundial, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz; ambos contemporáneos pero, además, amigos y camaradas.
A ambos los unió la lucha y la revolución. Sus pensamientos coincidieron, y se caracterizaron por poner sus palabras, su pensamiento, sus convicciones, al servicio del pueblo. Lo hicieron, por otra parte, con su práctica cotidiana, en perfecta coherencia entre pensamiento y acción.
Fue Fidel el principal referente de esta edición número 30 del Seminario Internacional los Partidos y una Nueva Sociedad. Con justicia, cada día, cada segmento, cada presentación de los tres días que duró el evento, tuvo la impronta de su recuerdo.
También allí, en ese escenario del mundo, punto de reunión de la izquierda para negar al imperio su intención de arrebatar a los pueblos la esperanza de cambio por un mundo mejor y posible, el FMLN estuvo presente para rendir su homenaje a Fidel, dar a conocer sus posiciones y explicar la situación que atraviesa el pueblo salvadoreño.