¿La luz al final del túnel?

“Para poder ser un guardián seguro hoy no bastan los cañones, las bayonetas y el látigo: hace falta convencer a los explotados de que el gobierno se halla sobre las clases, de que no sirve los intereses de los nobles y de la burguesía sino los intereses de la justicia, de que se preocupa por la defensa de los débiles y de los pobres contra los ricos y poderosos”  Lenin (1901) “Una Confesión Valiosa[1]

En El Salvador, el discurso oficial parece ajustarse al milímetro a las condiciones que señalara Lenin más de un siglo atrás; una narrativa que insiste hasta el cansancio en su  plena y permanente vocación de trabajar por el pueblo. Ese mismo discurso no ahorra un instante para insultar y denigrar a la oposición de cualquier tipo, buscando fabricar enemigos que le justifiquen la aplicación permanente de medidas extraordinarias, las cuales, a su vez, justifiquen la permanente postergación de promesas incumplidas al pueblo que dice defender y por el que jura trabajar.

En la medida que ese discurso ha sido constante y particularmente agresivo ha permeado en grandes sectores populares, que le dieron su voto a ciegas en dos ocasiones consecutivas (y cuando decimos a ciegas lo hacemos responsablemente, porque el pueblo salvadoreño votó sin conocer un -inexistente- programa de gobierno, y mucho menos alguna propuesta legislativa estructurada). Hoy, el régimen apuesta a su continuidad sobre las mismas bases delineadas anteriormente, una vez consolidado su poder formal y el control efectivo obtenido sobre todos los instrumentos de poder estatal.

Aquel pueblo votó sobre la base del odio imbuido y cultivado en la sociedad salvadoreña a lo largo de años de construcción de discursos revanchistas, cargados de mentiras y falsedades, pero que supieron explotar las frustraciones populares y las necesidades insatisfechas de las masas.

Variaciones acerca del Bonapartismo

Habitualmente, aquel régimen de dominación burguesa, explicado magistralmente por Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, y conocido como Bonapartismo, lo aplican las clases dominantes ante la imposibilidad de mantener bajo control a un pueblo cada vez más movilizado y rebelde ante su condición.

Se basa en un líder reconocido por el conjunto de la burguesía, o que logra hegemonizar y dominar a la mayoría indiscutible de su clase, con influencias en las masas y habitualmente con apoyo en la fuerza militar; actúa supuestamente como árbitro de los distintos sectores burgueses, defendiendo los intereses históricos del capitalismo, representándolos aparentemente a todos sin defender en especial a ninguno, buscando engañar a las masas con concesiones y ejerciendo un férreo control militar represivo en primer lugar de la clase trabajadora, pero también de aquellos sectores de la burguesía que se resistan a colaborar con el bonapartismo.

Si bien la respuesta bonapartista a la Francia revolucionaria de 1848 y años posteriores respondía a la necesidad de aplacar y controlar un movimiento de masas que amenazaba seriamente romper los canales tradicionales de las formas burguesas de dominación, hay otras circunstancias en las que el Bonapartismo resulta de utilidad. Se trata, justamente, del caso opuesto, es decir, cuando el movimiento popular ha sido puesto en reflujo, en retirada, o ha sufrido una importante derrota.

En este último caso, el Bonapartismo no busca apaciguar o disciplinar un movimiento popular en alza sino profundizar su derrota, extender en el tiempo y en el espacio el periodo de hegemonía burguesa, buscando garantizar la ampliación del ciclo de reproducción y concentración de la riqueza, en manos del sector hegemónico de la burguesía.

En el caso de El Salvador es necesario regresar una y otra vez a revisar estas categorías, apoyarnos en ellas en cuanto resulten de utilidad para el análisis y comprensión de la situación, pero también y sobre todo, para apuntar a la necesaria superación de tácticas burguesas a través de la organización y movilización popular.

Hace apenas unos meses, en junio del presente año, el intelectual y académico Marcelo Caruso, señalaba en una columna de opinión que:

“Cuanto más débil es la formación política de la ciudadanía […] más posibilidades de éxito tiene el bonapartismo regresivo. Se comprobó en El Salvador y se anuncia en Argentina con el comediante Milei. El grado de autoritarismo que asuma depende de su propia formación y sensibilidad, y el rumbo que termine adoptando se define por las presiones políticas y sociales que reciba y cómo las procese”.[2] 

Entre la realidad y la ilusión

Sostenemos desde hace varias semanas nuestro convencimiento de que el sentido de la realidad irá prevaleciendo en el pueblo salvadoreño sobre la ilusión prefabricada cada día por publicistas que desde Casa Presidencial, la Asamblea Legislativa, la prensa servil al régimen y las redes sociales a su servicio, se dedican sin descanso a tratar de hacerle creer a la gente que su hambre es psicológico, que sus miserias son culpa de quienes gobernaron antes, y que por alguna extraña razón, hoy ese pueblo cada vez más hambriento, cada vez más reprimido, cada vez más perseguido y encarcelado vive, sin embargo, mucho mejor.

Los escribas del régimen solo usan cifras cuando las pueden manipular; caso contrario, las evitan. Justifican y se escudan ante el hambre del pueblo y la inflación que golpea la economía familiar en las condiciones financieras mundiales, atribuyendo todo a una lejana guerra en el este europeo, pero no dicen nada de la quiebra de los sectores agrícolas, abandonados a su suerte por este gobierno para priorizar en sus propios agro-negocios de importación de granos y otros productos, que llegan encarecidos a la dieta familiar pero engordan las cuentas de los funcionarios públicos cercanos o pertenecientes al clan familiar en el gobierno.

Lo cierto es que nueve de cada diez dólares que ingresan a la economía en remesas familiares (el 93.8 % a agosto) proceden de Estados Unidos, donde reside la mayor comunidad de salvadoreños en el exterior. Estos recursos sostienen al 25 % de los hogares, que en su mayoría los destinan para consumo, y estimulan la demanda a las empresas. La actual situación en EEUU es de amenaza inminente a un proceso recesivo, que ya viene ralentizando desde hace meses la economía productiva del norte, afectando con ello también el empleo y la seguridad de los residentes en aquel país.

Con recesión cae la demanda; el principal comprador de los bienes salvadoreños, con una participación del 38 % es EEUU; esto anuncia la continuidad de la caída de inversión extranjera de origen estadounidese, que viene contrayéndose desde el primer semestre del año.

El mundo vivió recientemente una situación similar durante la pandemia de COVID-19, que produjo un retroceso generalizado en la economía global. Sin embargo, en el caso de El Salvador, solo mirando las deterioradas condiciones del crédito, el sobre-endeudamiento externo, la incapacidad de afrontar pagos a mediano y corto plazo, la irrelevante inversión extranjera con fines productivos[3], se comprueba fácilmente la limitada capacidad de maniobra que le quedaría al gobierno salvadoreño para afrontar una crisis de esta naturaleza.

En esas condiciones, ya no habría fondos para las famosas cajas alimenticias periódicas con que apoyaron a sectores desfavorecidos durante la pandemia, tampoco tendrán aquellos fondos con los que distribuyeron indiscriminadamente y a total discreción gubernamental, sin control fiscal o ciudadano, aquellos $300 por familia (aunque se supo por la prensa independiente que parte de esos fondos terminaron en manos del crimen organizado).

Esa dura realidad, que se suma al drama de la migración forzada por causas económicas, al deterioro de las condiciones en los servicios de salud y educación, además de la falta de libertades ciudadanas, choca con la ilusión de aquel país de maquetas y proyectos espectaculares, vendida oficialmente en una realidad virtual en el que todo mundo quisiera vivir, pero que no explica de ninguna forma el afán migratorio de miles de familias que arriesgan sus vidas antes de seguir sufriendo el escarnio del gobierno salvadoreño.

Curiosamente, funcionarios como el jefe de fracción celeste, el diputado Christian Guevara, se preocupan por las elecciones en los EEUU, sin ocultar su deseo de retorno del trumpismo anti-inmigrante a la Casa Blanca, pero no mueven un dedo para cabildear en favor de las familias salvadoreñas, que en aquel país ven la espada de Damocles del fin del TPS amenzando sus sueños de permanencia legal más allá de diciembre.

La deriva autoritaria

Incapaz de resolver los problemas esenciales e inmediatos del pueblo, el gobierno evidencia su deriva autoritaria, con giros que en más de una ocasión parecen dirigirse a un estado policial, como formas preventivas de control social.

Así se pueden explicar no solo los actuales siete meses continuados de régimen de excepción, sino también interpretar en esa misma sintonía las declaraciones de personajes como el presidente de la Asamblea Legislativa, el ministro de Seguridad y similares que, sin justificación alguna más alla del trillado “respaldo popular al régimen de excepción”, manifiestan que lo continuarán “hasta que no quede un pandillero en la calle”, lo que evidencia su ignorancia soberana acerca de las causas estructurales de la existencia del fenómeno de las pandillas.

A lo largo de cuarenta meses de gobierno se ha recurrido en más de una ocasión a la supresión de las libertades civiles y los derechos ciudadanos; lo hicieron durante la pandemia, y con la excusa perfecta de la supuesta guerra contra las pandillas.

En el Estado policial, antítesis del Estado de derecho, los individuos se encuentran desprotegidos ante los abusos del poder. Más allá de las consabidas restricciones constitucionales que afectan libertades y derechos fundamentales con la excusa de un ilegal estado de excepción, el régimen sigue presentando y aprobando, sin análisis ni debate, medidas para profundizar los férreos controles estatales sobre la población.

Un ejemplo reciente son las reformas aprobadas a la ley de telecomunicaciones y a la ley contra el crimen organizado. Gracias a estas medidas todas las comunicaciones podrán ser intervenidas y controladas sin necesidad de orden judicial; del mismo modo, el Estado puede acceder a correspondencia ordinaria y electrónica privada, a las llamadas telefónicas, a lo que se escriba o hable en las redes sociales. Las disposiciones derogan en los hechos el artículo 24 de la Constitución, que prohíbe la interferencia y la intervención de las comunicaciones telefónicas.

Con estas medidas se consolida el camino hacia el Estado policial. Habrá que preguntarse por qué un régimen que ya controlaba las máximas cuotas de poder en la historia del país, necesita de tales niveles de autoritarismo.

La búsqueda ilegítima de una reelección inconstitucional por el actual mandatario, los cimientos de fraude que va consolidando la legislación de voto en el exterior, así como el control creciente, evidente y descarado del arbitro electoral, no dejan mayor margen a la duda. Sin fortalecer el aparato represivo, profundizar el control social por todos los medios, no será posible, en un segundo periodo, mantener la impunidad y descaro en el uso y abuso del poder del Estado para fines privados.

Será necesario que el pueblo y sus organizaciones observen con cuidado el desarrollo de todos estos hechos porque, al fin y al cabo, la lucha por las porciones de poder del Estado se está dirimiendo en la superestructura, entre grupos burgueses y oligárquicos con lazos con el establishment estadounidense, incluidos sectores financieros y de servicios que se lucran a costa del Estado. Quienes les disputan ese poder son sectores burgueses y oligárquicos desplazados, junto a personeros de partidos tradicionales que actúan como peones y alfiles de Washington; así el imperio, desde la derecha hasta el centro y la izquierda, ajusta sus piezas para la disputa. Mientras tanto, cada vez queda más claro que el pueblo será el convidado de piedra de cualquier disputa electoral.

Así las cosas, quienes pretendan ver una luz en la apertura de opciones en los procesos comiciales futuros, pensarán tal vez que están viendo la luz al final del túnel, pero la realidad es que lo que estarán viendo será la luz del tren avanzando.

Brasil:  reflexiones de último momento

El pueblo de Brasil acaba de expresarse en las urnas y Lula vuelve a ser presidente. Felicidades. Aparentemente, entre Bolsonaro y Lula no debería haber habido mayores dudas, y más de uno habrá creído que la victoria podría ser un trámite. Casi 60 millones de brasileros votaron por Lula, y casi una idéntica cantidad por el actual presidente. Serán noches y días de fiesta  y alegría, pero al asentarse el polvo, y cuando la realidad empiece a imponerse, habrá que sacar conclusiones. Por ejemplo, que si bien Lula tendrá la presidencia, el gobierno estará en disputa. La inferioridad numérica parlamentaria, la debilidad en estados clave y la existencia de una sociedad dividida al 50%, garantizan al gobierno del PT dificultades extraordinarias y una oposición salvaje.

En esas condiciones, quienes parecen haber sacado ventaja son otros intereses, lejanos geográficamente del Planalto, a los cuales la figura de un fascista con porte de energúmeno y abierto impulsor del Trumpismo, no favorecía sus negocios. Hoy, un lider respetado a nivel mundial, que superó todo tipo de obstáculos, aparece como figura ideal para mostrar el rostro amable ante problemas que quizás no podrán ser resueltos, de promesas que quizás no podrán ser cumplidas, y de pueblos que pueden volver a verse frustrados.

Ese peligro asoma en el horizonte del nuevo Brasil, que no será aquel del amor y la felicidad que proclamaron los spots publicitarios del marketing electoral; esos sirvieron para emocionar e ilusionar, pero no servirán de nada a la hora de aplicar políticas públicas largamente postergadas, si estas siguen durmiendo el sueño de los justos. El secreto, sin duda, estará en el pueblo y en su decidido impulso, que empuje al gobierno a cumplir sus promesas, por sobre los límites que imponga la oposición, la justicia, la fuerza militar, las finanzas y las comunicaciones; poderes reales, demasiado reales y conocidos en Brasil.

En el prólogo a la segunda edición de su obra citada anteriormente, Karl Marx, iniciaba recordando que “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!”. Por el bien del pueblo brasileño, ojalá la llegada de Lula al gobierno no represente más que una excepción a esa suerte de regla histórica que señala Marx.


[1] https://www.elsoca.org/pdf/libreria/OC%20Lenin/OC-lenin-tomo-05.pdf

[2] Caruso, Marcelo, Otra vez el bonapartismo, El Espectador, Colombia, 18 de junio de 2022.

[3] No especulativos, porque esos canales ya se aseguran a través de las políticas oficiales, para facilitar el lavado de capitales mediante las especulaciones en criptomonedas como el BTC.

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