Mientras los goles, jugadas peligrosas, polémicas arbitrales, o resultados sorpresivos captan la atención de buena parte del mundo, la realidad de lo cotidiano, o al menos de lo acostumbrado, sigue afectando la vida de millones de personas, en particular allí donde otros acontecimientos mantienen el destino de los pueblos en vilo. Pongamos por caso, Perú y Colombia.
Cuando lo que se pone en juego es la vida de la gente, porque dependiendo del gobierno que se imponga habrá más trabajo o más hambre, mayores capacidades para mejorar la salud, la educación y los servicios sociales o aplastar esos derechos; cuando se rivaliza entre defender desde el campo popular la soberanía nacional, los derechos y libertades, o que la política oficial sea de entrega a intereses extranjeros, al autoritarismo y al neofascismo, entonces la magia del futbol ya no funciona con la misma energía.
En Perú, el campeonato mundial de futbol operó como propicio distractor para poner en marcha la última parte del plan de la derecha vernácula para imponer con malas artes a la candidata del neofascismo fujimorista por sobre la opción de Roberto Sánchez. Con esta maniobra, el redespliegue imperial en la región pretende consolidar un espacio que se suma a la ofensiva extremista de derecha regional, colocando gobiernos títeres funcionales a los intereses de Washington.
En todo caso, no parece que la salida adoptada otorgue niveles aceptables de estabilidad a un gobierno que no solo resultará ilegítimo, sino que deberá navegar entre las turbulentas aguas de las tensiones, en un país dividido a la mitad en sus preferencias políticas, y que además se encuentra fragmentado y asediado por la corrupción y el clientelismo.
No es posible afirmar que la mitad de Perú sea en este momento Fujimorista sino que, como parece estar sucediendo en Colombia, la totalidad de las fuerzas de la reacción han logrado un consenso político, con el objetivo de asegurar la supervivencia de un modelo que ha permitido el enriquecimiento de élites conservadoras, beneficiarias de relaciones preferentes con EEUU y con corporaciones multinacionales.
En el otro lado de la moneda, tampoco la izquierda constituye un sólido frente político único. En realidad, si ese hubiese sido el caso, posiblemente Roberto Sánchez hubiese tenido la suficiente fuerza política para impedir el fraude que dio lugar a la victoria (aun no oficialmente declarada) de Keiko Fujimori.
Como ya hemos sostenido, el futuro del Perú parece estar en manos de la voluntad del pueblo a movilizarse para impedir el avance del neoliberalismo salvaje, la entrega del país a intereses extranjeros y el consecuente deterioro de las condiciones materiales de vida de las familias peruanas.
El caso Colombia
Veamos ahora el caso de Colombia. Finalizada la jornada electoral, se sigue jugando su destino entre la barbarie fascista y la continuidad de un proyecto que ha garantizado a amplios sectores de la sociedad mejoras en sus condiciones de vida, y un periodo de relativa estabilidad política.
La cuota de dramatismo que supone para el pueblo colombiano ver en peligro su destino como nación, hoy sometida a una injerencia que roza el intervencionismo descarado, es innegable.
La jornada contó con numerosas denuncias de compra masiva de votos. En días previos se había denunciado la agresiva presencia de observadores electorales pertenecientes al partido Republicano de EEUU; las presiones ejercidas desde aquel país en favor del extremista Abelardo de la Espriella, o las declaraciones altaneras y provocadoras de quienes se declaran orgullosamente sirvientes del imperio yankee, evidencian que los discursos de odio de esta derecha neofascista apelan a un segmento ultraconservador de la sociedad colombiana, a la cual venden promesas de seguridad y relaciones de dependencia privilegiada con EEUU.
La amenaza resulta inminente y creíble para el pueblo colombiano quien, basado en experiencias de países de la región, en este ciclo continental de expansión neofascista, ha visto cómo los avances sociales son aplastados, y las conquistas populares revertidas.
Al conocerse los resultados de la primera vuelta, cuando quedaron definidas las figuras de Abelardo de la Espriella y de Iván Cepeda como contendientes, se produjo una fuerte movilización popular, sobre todo juvenil.
Ese ejercicio buscaba inicialmente revertir el efecto causado por aquellas deprimentes cifras para la izquierda, pero constituyó, sobre todo, una expresión ciudadana decidida a impedir que el fascismo impusiera sus propuestas de mano dura, de revitalización del criminal Plan Colombia, de que la vida de las familias campesinas y de los liderazgos sociales y comunales vuelvan a ser aniquiladas a mansalva por el narco paramilitarismo, auténtico motor financiero de la campaña del ultraderechista.
La movilización y recuperación de terreno por el candidato del Pacto Histórico resultó evidente, sobre todo en espacios como Bogotá, donde tres semanas antes había sufrido un inesperado revés. La remontada estaba en camino. Solo se mantenía en el aire la duda de si el esfuerzo sería suficiente para superar la masiva compra de votos ejercida por la estructura mafiosa.
Hoy Colombia y su pueblo se mantienen de pie y en batalla porque, aunque se redujo dramáticamente la distancia, y el mapa político del país quedó ahora plasmado en el universo electoral de 25 millones de votos, divididos a la mitad, esto resulta aún insuficiente. No es poca cosa semejante remontada, pero falta materializar la victoria.
El domingo en la noche los contrastes fueron abismales, desde Bogotá, el candidato Iván Cepeda reconoció las cifras del recuento rápido difundido al cierre de urnas, pero advirtió que no tienen validez juridica ni son vinculantes. En ese momento había comenzado una larga batalla legal por la defensa del voto en unas 33 mil casillas impugandas desde el oficialismo.
Pero Cepeda fue más allá, advirtió a quien a esas horas la prensa hegemónica pretendía coronar vencedor, que estaba abierto al diálogo, con respeto, pero también a la resistencia y la lucha. El pueblo a esas horas ya se movilizaba. Una batalla probablemente larga, apenas comenzaba.
En las antípodas de Cepeda, desde Barranquilla llegaba el discurso de un personaje que parece ser mejor actor que político. Explotando una cierta fisonomía vagamente evocadora del actual dictador salvadoreño, no solo se daba por vencedor con gestos agresivos y altaneros sino que amenazaba y hostigaba a sus oponentes, demandándoles que aceptaran resultados que aún ni siquera eran legalmente oficiales y válidos.
Como suelen hacer personajes pertenecientes a estas corrientes neofascistas en boga, atribuyó sus defectos y maldades a su adversario. Así, “denunció” compra de votos y manipulación, amenazas y uso de recursos públicos con fines electorales, Precisamente cada una de las acciones que el Pacto Histórico viene denunciando y advirtiendo.
Pero más allá de discursos, se vio de inmediato la mano del imperio, buscando imponer su candidato, apresurándose a “reconocer y felicitar al nuevo presidente electo”. Falso como todo lo que sale de las cavernas de Marco Rubio, pero con un propósito evidente, avanzar con sus piezas, plagando el continente con gobiernos afines.
Resultados tan cerrados como el de Colombia, con un margen diferencial inferior al uno por ciento, señalan una correlación de fuerzas que exige al campo popular redoblar esfuerzos para superar cualquier desafío y amenaza.
Es aún temprano para sacar conclusiones, la batalla no termina, pero Colombia en todo caso sigue siendo un punto de inflexión continental; si cae Colombia la próxima campaña injerencista electoral será sobre Brasil. No es este, por lo tanto, solo un asunto de colombianas y colombianos. Es mucho más lo que se juega el continente y sus pueblos ante la posibilidad del avance continuado del fascismo del siglo XXI en nuestras tierras.
La lucha antiimperialista y el esfuerzo permanente por la unidad y solidaridad entre los pueblos, serán la garantía para impedir que el imperio logre en Colombia dar otra vuelta de tuerca a sus mecanismos de opresión, dominación y control de nuestros recursos.
La batalla apenas empieza, la lucha popular deberá continuar y profundizarse, avanzar en organización y masividad ante desafíos que la transforman en gestas antiimpierialistas y antifascistas.
La lucha continúa y será hasta vencer.