Contra todo y contra todos

El terrorismo político no es una ficción fabricada por políticos conservadores”. Con esa frase, Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, lanzó su particular intento de volver el tiempo atrás para hundir al mundo en la vorágine de odio, fuego, muerte y crueldad que alguna vez recorrió el planeta al influjo de violentas corrientes de ultraderecha.

Es el momento de acabarlos para siempre”, concluyó. Se refería a la izquierda, a todo el espectro del progresismo y más allá; abarcaba a cada individuo, organización o grupo militante de causas sociales, bajo un mismo estigma generalizante: si son de izquierda son terroristas

El “Encuentro ministerial acerca de terrorismo político”, celebrado el 16 de julio en la sede del Departamento de Estado, en Washington, incluyó diálogos y discursos que parecían extraídos de los años 70 del siglo pasado, en la infame era Nixon, o en los 80 de Reagan; algún pasaje recordaba panfletos de la saga de los Bush.

Volver a la época de los planes de exterminio, como el Plan Cóndor en Sudamérica, o aún más atrás, a los tiempos del macartismo, hoy revisitado, que algunos han dado en llamar neo-macartismo, parece haber sido un sueño común de la ultraderecha de todo el continente y de las corrientes que hoy gestionan la administración en Washington.   

Cualquiera sea su denominación su esencia no varía: un plan reaccionario de los poderes más extremistas de la derecha mundial, que tiene los mismos objetivos que sus antecesores: aplastar, eliminar “ahora y para siempre” toda forma de pensamiento de izquierda, progresista o alternativo que desafíe sus visiones contrarrevolucionarias.

En la cumbre de Washington participó lo más granado del pensamiento reaccionario en el gobierno de los Estados Unidos, su ideólogo más radical -y fascista declarado-, Stephen Miller, asesor de Trump en Seguridad Nacional; Scott Bessent, secretario del Tesoro, y Chris Landau, vice secretario de Estado.

Estos personajes plantearon a los más de 60 países invitados, que Estados Unidos “aportará colaboración de inteligencia y recursos logísticos para evitar que las organizaciones terroristas de izquierda pongan en peligro la estabilidad democrática de sus socios estratégicos”.

Fue una declaración de guerra contra cualquier organización popular. Las fuerzas internacionales del fascismo del siglo XXI se agrupan y coordinan, se financian y colaboran en materia de inteligencia y recursos para lanzar una ofensiva general contra cualquier forma de pensamiento disonante en el territorio estadounidense pero también, retomando la doctrina establecida a partir de los atentados del 11S, declarando criterios de extraterritorialidad para la persecución del “terrorismo”.

Hoy llaman terrorismo a todo lo que se oponga a aquel pensamiento retrógrado, como las protestas contra las operaciones del servicio de migración de EEUU; las luchas y marchas contra el racismo, contra el fascismo emergente, o la defensa de las luchas feministas y de sectores sexo-diverso, medioambientales, entre tantas otras.

La narrativa catastrofista, expresada por Rubio en la última cumbre y en otros encuentros internacionales, no es más que una ficción sin datos comprobables, exageraciones burdas y alarmistas, que pretenden generar en su audiencia y, eventualmente en la opinión pública, la sensación de un peligro inminente que solo se podría evitar con acciones directas de los cuerpos represivos y la coordinación de esta internacional del extremismo neofascista.

El macartismo, y su furioso anticomunismo como excusa, ha dejado de ser cosa del pasado y recobra vigencia; desde que, hacia el final de la segunda década del presente siglo, gobiernos extremistas y autoritarios comenzaron a expandirse por el continente americano, fueron pasando del discurso a la acción.

Desde Argentina, con la policía de Milei y Bullrich atacando salvajemente a jubilados que reclaman derechos, hasta la Gestapo anti-inmigrante de Trump, asaltando manifestantes en contra de ICE, y asesinando por igual inmigrantes y ciudadanos estadounidenses.

Desde El Salvador, con el aplastamiento del Estado de Derecho, persecución política, juicios masivos sin garantía, que implican la virtual eliminación del derecho a defensa, hasta el caso de Ecuador donde se pisotea la tradición de inviolabilidad de sedes diplomáticas, como en el secuestro del ex vicepresidente Jorge Glas, y el allanamiento del espacio territorial soberano de la Embajada de México en Quito.

Como en los años 70 y 80 del siglo pasado, el objetivo soñado por estos extremistas es aplastar el movimiento popular, desarticular la resistencia.

Hoy dan un salto desde la lucha contra lo que llamaron “terrorismo fundamentalista”, a la nueva cruzada contra todo pensamiento de izquierda y progresista. Todos los pensamientos y culturas contrarias al supremacismo blanco engrosan la lista de “enemigos de occidente”, y serán susceptibles de ser aniquilados.

“[La violencia extremista de izquierda] Es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora experimenta un resurgimiento”, dijo Rubio al inaugurar la cumbre. “Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación”, añadió sobre esos que, dijo, “atacan oleoductos y gasoductos; ferrocarriles; redes eléctricas y laboratorios; y los símbolos físicos y tangibles del poder y la invención”.

Sustentado en la llamada doctrina Monroe 2.0, la estrategia incluye la injerencia directa en elecciones de diversos países y campañas conjuntas de persecución del narco, cuando no intervenciones militares como la que acabó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, en Caracas, el pasado 3 de enero.

Internas en El Salvador

Mientras esa amenaza concreta se despliega sobre toda forma de organización o pensamiento de izquierda, las reacciones empiezan a aparecer.

Una reciente manifestación en Caracas, reclamando la liberación del presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro y su esposa, concluyó con la quema de una bandera de EEUU; pudiera no parecer una señal de envergadura, pero en un país convertido en protectorado del imperio estadounidense, esta manifestación de repudio al invasor, protagonizado por organizaciones de base del chavismo, demuestra que, independientemente de la actuación de los gobiernos, sujetos a otro tipo de lógicas y cálculos políticos, los pueblos no dejarán de resistir. Lucharán con los instrumentos a su alcance y derrotarán, más temprano que tarde, los delirios fascistas de Marco Rubio, Stephen Miller y sus secuaces.

Otro ejemplo lo tuvimos este fin de semana en El Salvador. Mientras desde el Norte amenazan e intimidan, dejando claro que están dispuestos a ir más allá de quienes les antecedieron en sus delirios, en el país regido por una dictadura disfrazada de democracia y convertida en “prototipo” del ascenso neofascista en el continente, fuerzas políticas y sociales de izquierda, encabezadas por el FMLN en el ámbito partidario, pero respaldadas por un amplio espectro de organizaciones sociales y sindicales, en especial del ámbito de la salud, se dieron cita este 26 de julio en todos los departamentos del país, para llevar a cabo sus elecciones internas destinadas a escoger candidatas y candidatos a disputar porciones del poder del Estado a las fuerzas de extrema derecha representadas en el bukelato.

No se trata sólo de disputar la presidencia de la República en elecciones ya amañadas y viciadas, o competir por reducir los márgenes de maniobra de la dictadura desde el parlamento, ni siquiera el hecho de intentar reconquistar territorios desde la disputa municipal; todo ello tiene su indiscutible importancia, pero ésta no deja de ser relativa.

Lo que tiene una relevancia determinante es su sentido simbólico, subrayado en la decisión de la izquierda social y política, de lanzarse a los territorios, a las colonias, barrios, comunidades y cantones de todo el país, enfrentando los discursos de odio con su bandera del FMLN, o con sus identidades sindicales o gremiales y, en cada caso, desafiando la lógica del pensamiento único neofascista o extremista de derecha.

La masiva participación de la militancia del FMLN en todos los centros de votación, es una muestra de determinación que venció al discurso oficialista de odio, de miedo y las campañas de desprestigio. Es una señal de que no han podido ni podrán quebrar la voluntad de lucha de los pueblos, aunque los debiliten por mil caminos de guerras cognitivas, manipulación, y políticas que fomenten el divisionismo y la fragmentación del movimiento popular.

Ese es el sentido que tendrá la victoria a través de la resistencia, del contacto permanente con los sectores populares víctimas de esas maniobras. La resistencia lleva a la reconquista de los espacios perdidos, pero requiere organización, disciplina, trabajo unitario, voluntad política. El domingo 26 de julio la militancia del FMLN dio una muestra clara de esa decisión de lucha y de victoria, más allá de un evento electoral.

No son los únicos casos indicativos de que, aunque los extremistas de derecha, concertados en una internacional neofascista en la que los Rubio y los Miller se ponen a la cabeza, los pueblos resistirán y revertirán sus derrotas, sus retrocesos, o superarán sus desafíos, según sea el caso.

Este 26 julio fue ejemplar también en ese sentido. Por una parte, Cuba, eterno objeto de deseo del imperio, sigue galvanizando su resistencia desde la memoria y la consciencia. Y lo volvió a demostrar acompañando al presidente Díaz-Canel en su discurso en el acto del Día de la Rebeldía Nacional.

«Reafirmamos que Cuba es y será un país soberano. Que nadie, bajo ninguna circunstancia, tiene derecho a decidir por nosotros. Que las decisiones económicas, políticas y sociales son y serán nuestras. Nuestra respuesta a la asfixia es la inventiva, la creatividad, y aunque les moleste, también la alegría. Nuestra respuesta al bloqueo es el esfuerzo inteligente y eficiente. La respuesta a los intentos jamás abandonados de aislarnos y dividirnos es la unidad«, afirmó Díaz-Canel desde la ciudad de Pinar del Río.

Pero Cuba no estuvo sola, ni lo estará jamás. Más allá de innumerables mensajes de solidaridad y respeto a su ejemplo rebelde y revolucionario, y de infinidad de actos y homenajes rendidos en el mundo, es de destacar la actitud de una nación tan amenazada por el imperio como cualquiera de Nuestra América, o quizás aún más, por tratarse del incómodo vecino que ha decidido, con su pueblo y por su pueblo, tomar la senda de la defensa de la Soberanía Nacional y, al mismo tiempo, alzar con su fuerza de siempre la bandera de la Solidaridad, organizando una multitudinaria manifestación en apoyo a Cuba por las calles de la Ciudad de México.

Contra todo y contra todos parece ser el lema del neofascismo, que prepara sus armas para golpear a los pueblos con las viejas técnicas del macartismo adaptadas a la era digital. Pero también los pueblos han empezado a dar sus respuestas; lucharán, también, contra todo y contra todas las alianzas antipopulares que se construyan en el campo de la ultraderecha.

Una nueva fase en las luchas de los pueblos parece anunciarse. Una fase sin empate posible: o ganan ellos y arruinan la humanidad y el planeta, o ganan los pueblos y eliminan de una vez por todas el cáncer del fascismo, la intolerancia y el supremacismo, no solo de raza sino también de clase.

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