Esta semana, Cuba y el mundo conmemoraron, celebraron, aplaudieron y cantaron a la vida, el pensamiento, la acción y el ejemplo del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz.
El centenario del natalicio de Fidel resultó ser, en realidad, una excusa para los pueblos del mundo para congratularse de haber vivido una era sin igual, la Era de Fidel. Fue -y sigue siendo- un referente, tanto para aquellos que luchan cada día por su liberación, superando circunstancias oscuras y difíciles, como para quienes defienden heroicamente sus conquistas, jornada a jornada, frente a los arrebatos del imperio.
A lo largo de una larga y fecunda vida, dejó sin duda su impronta en luchadoras y luchadores del mundo entero, en líderes leales a sus pueblos, y hasta en sus enemigos, que supieron ver en el gigante antillano un ser humano hecho para la historia, irrepetible.
Puede que sus enemigos no lo reconocieran públicamente, porque el odio que le profesaron era solo equiparable a su frustración de verlo invicto, más allá de victorias o derrotas. Porque si algo enseña la estatura de Fidel fue que resultó indoblegable.
Por eso su ejemplo es tan peligroso, y el imperialismo yanki, aquel enemigo de la humanidad que señala el himno de la unidad sandinista, no le perdona ni aún muerto sus derrotas, sus frustraciones, el hecho que hasta en su propio territorio, en el Bronx, en Harlem, en California, y en tantos otros lugares del “vientre de la bestia”, Fidel sea Fidel, que Fidel sea el Fidel del pueblo también norteamericano, el ejemplo de la voluntad y la decencia ante el imperio.
Como en los casos de Bolívar, Martí o el de Mella, el de San Martín o Morazán, el de Zapata, Villa, Sandino, Camilo (el cubano y el colombiano), Santucho, Miguel Enríquez, Sendic o el Che, su nombre y su ejemplo resultan peligrosos.
Nada le fue ajeno. Ni la política ni el deporte, las ciencias exactas y las naturales, la historia y las humanidades, la ciencia militar y la filosofía, el medio ambiente y el destino del planeta, la economía y la paz, las religiones y las artes.
Sus palabras desafiantes, motivadoras, enérgicas, orientadoras, extraordinariamente sinceras y firmes, dejaron en generaciones, enseñanzas que siguen siendo referencia de serena dignidad y de coherencia ante las dificultades y desafíos cotidianos.
Cuba no descansa
A lo largo de la semana, de un extremo a otro del planeta, las miradas se fijaron en Cuba, en esa isla asediada y bloqueada, sujeta a un silencioso genocidio cuyas cifras espantan, pero que no altera un ápice la resistencia numantina de su pueblo.
En casi todos los países del orbe hubo manifestaciones; en algunos casos se concentraron multitudes, pequeñas concentraciones en otros, pero todas para rendir respeto y homenaje a un líder y guía de los pueblos del mundo. Símbolo de solidaridad y de resistencia anticolonialista y antiimperialista, pero también emblema de las razones de los pueblos, empezando por el suyo, el geográficamente limitado a una isla, pero que en realidad abarca todo un continente.
Los ojos del mundo descansaron en Cuba mientras Cuba no descansa. Duerme con un ojo abierto ante las amenazas de un imperio que no respeta nada, mucho menos la dignidad de los pueblos. No estamos hablando de la dignidad del pueblo cubano, porque no la puede mancillar el imperio, aunque quiera, y lo viene comprobando a lo largo de casi 70 años.
Pero en cambio, el imperio se encarga de doblegar y pisotear la dignidad de sus lacayos, de sus súbditos, incapaces de ofrecer una mínima muesca de decencia. Así sucedió esta semana con el gobierno de la República Dominicana, despreciado por el propio amo que lo fuerza a ponerse en evidencia, y despreciable en sus actitudes serviles, al obedecer a pie juntillas una orden del Departamento de Estado, con el inconfundible tufo a Marco Rubio y la mafia de Florida, para expulsar a nueve diplomáticos cubanos y a sus familias, exactamente el día que el mundo, incluyendo el pueblo dominicano, tan profundamente ligado desde las guerras de independencia a la suerte de Cuba, homenajeaba a Fidel.
Cuba y la República Dominicana comparten profundos lazos históricos. Sus destinos se unieron en luchas compartidas contra el colonialismo español, están unidos en José Martí y en Máximo Gómez, en el Manifiesto de Montecristi. Las ideas de aquellos héroes, de una patria grande caribeña, siguen prevaleciendo a pesar de lacayos como los que hoy gobiernan una parte de la antigua Española.
En el Salvador, por supuesto, también se celebraron diversos homenajes, y es que el proceso revolucionario salvadoreño le debe a Fidel lo que a pocos. Le debemos a Fidel la visión de su tenaz insistencia unitaria cuando parecía imposible la unidad y, sin ella, resultaba inimaginable una lucha organizada, eficiente y con perspectivas de victoria.
Fidel vio en aquellos jóvenes militantes y combatientes, aún inexpertos en muchos aspectos de la guerra popular, el potencial para enfrentar no solo a una dictadura sino a un imperio. Su visión estratégica hizo posible la materialización del FMLN y la continuidad de aquella lucha, que abrió camino a incipientes procesos democráticos, que hoy deberán ser reconquistados con nuevas luchas populares, ante la dictadura neofascista y vendepatria que, por ahora, se impuso.
Uniendo pueblos y voluntades
Los eventos en La Habana y en toda Cuba no solo ocuparon una semana de reflexiones e intercambio acerca del Fidel que la historia coloca en un lugar de privilegio, sino que fue también un ejercicio internacionalista de pensamiento colectivo y de reafirmación solidaria. Esos ejercicios se extendieron a todas las embajadas de Cuba en el mundo, uniendo pueblos y voluntad de resistencia internacionalista.
Este espectacular despliegue, este esfuerzo descomunal, se desarrolló en medio de penurias, de cerco energético, de bloqueo económico, de agónica dificultad para poder hoy sanar y salvar vidas cubanas, ¡cuando Cuba ha sido campeona indiscutida de la solidaridad médica con el mundo entero!
Precisamente en esta situación, con el asedio criminal de Washington, el recuerdo de Fidel y sus homenajes constituyen la reafirmación de una voluntad de lucha inquebrantable. Es un mensaje al mundo y al imperio: no será Cuba un paseo militar ni una manzana madura, como pudieron haber calculado los agresores en otros lugares.
Un homenaje a Fidel es hoy un llamado a la lucha, al combate, a la consciencia y a la solidaridad. A la lucha por la paz, pero no al precio de olvidar los principios ni de entregar la soberanía.
En el mundo, y en particular el Sur Global, muy especialmente en Nuestra América, no puede haber mejor homenaje que la solidaridad incuestionable expresada en el quiebre del bloqueo criminal por los medios que sea.
El ejemplo de Fidel debería servir en estos días para imitarlo en nuestros países, replantear nuestros métodos de lucha, superar divisiones en el campo popular, fortalecer los términos de unidad latinoamericana y caribeña, hacerlo a nivel de los pueblos si la mayoría de gobiernos siguen cayendo en la trampa de Washington.
Si el enemigo avanza casi sin obstáculos, nos diría posiblemente Fidel, habrá que revisar nuestros métodos de resistencia, nuestras formas de lucha. Revisar nuestras premisas, porque algo estamos haciendo mal para que el enemigo siga avanzando de esa manera.
Al mismo tiempo, tampoco todo debe estar tan mal, porque si así fuera, si todo saliera como el imperio se propone, no aprontaría más armas y más fuerzas contrarrevolucionarias, reclutando y entrenando a los ejércitos de nuestros países, para golpear a nuestros pueblos, en una santa alianza imperial para el despojo.
Si lo hace, si se arma y prepara a sus esbirros, es porque reconoce que su “escudo de América” y sus patrañas neocolonialistas durarán tanto como tarden los pueblos en unirse, en organizarse, en rebelarse y tomar las calles para enfrentarlos.
Homenajear a Fidel es solidarizarse con su pueblo y aplicar sus enseñanzas. Al fin y al cabo, él nos enseñó que Revolución es sentido del momento histórico, pero que también es cambiar todo lo que deba ser cambiado. Eso parece una genuina actitud fidelista que, como nos recordaba el presidente Miguel Díaz-Canel en estos días, es “Una honorable actitud ante la vida”. Los pueblos del mundo tenemos la palabra.