Sin máscaras

La reciente sesión inaugural de la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, evidenció un imperio sin máscaras ni retoques, que demostró su miseria moral, su desdén por la humanidad, su codicia insaciable y su desprecio por la vida.

La tribuna de la ONU solía ser el lugar donde líderes mundiales exponían su visión estratégica acerca de problemas centrales de la humanidad. Era el recordatorio de la existencia de frenos a la voracidad, al autoritarismo y al irrespeto a la soberanía de las naciones y los pueblos. En su poder simbólico recaía el peso de aquella institucionalidad reconocida en el mundo. 

Algunos líderes dejaron su impronta con discursos de fondo, que denunciaban con valentía la situación de injusticia en el mundo, que hoy subsiste y se profundiza; denunciaban guerras de agresión imperial contra nuestros pueblos, saqueos, y todo tipo de infamias cometidas en nombre de la libertad, la democracia y, más de una vez, los derechos humanos.

Recordamos intervenciones históricas como las del Comandante Fidel Castro (26 de septiembre de 1960), y su dura crítica al imperialismo y al colonialismo; Yaser Arafat, en noviembre de 1974, cuando pronunció aquella frase: «He venido con una rama de olivo en una mano y la pistola del luchador por la libertad en la otra. No dejen que caiga la rama de olivo de mi mano«.

O cuando el presidente Hugo Chávez, el 20 de septiembre de 2006, al referirse al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, que le había precedido en la tribuna, exclamó aquel famoso «aquí huele a azufre«.  Fue histórico también el discurso de otro líder asesinado por las fuerzas del imperio norteamericano, el presidente de Libia, Muamar el Gadafi, el 23 de septiembre de 2009 quien, al cuestionar la legitimidad del Consejo de Seguridad, rompió simbólicamente una copia de la Carta de la ONU.

Pasaron por allí figuras de la talla del Comandante Che Guevara (1964) y Nelson Mandela (1994).

Hoy, en cambio, en la Asamblea de la ONU, el mundo vio el rostro más brutal del imperialismo, sin maquillajes, sin retórica, con un Donald Trump amenazando a los países que no se le sometieran.

Entre sus bravuconadas advirtió que su gobierno «ya no permitirá que las amenazas contra el país echen raíces en ninguna parte del hemisferio occidental» y que, «si es necesario, utilizaremos nuestro inigualable poderío militar para salvaguardar los intereses nacionales vitales de Estados Unidos«.

En otro arrebato criminal afirmó que tendría que tomar «la difícil decisión» de si Irán «es aniquilado» o «condenado al infierno«. Estas declaraciones fueron denunciadas por un legislador estadounidense presente en la sala, que además pidió -según los propios medios que lo citan-, “mantenerse en el anonimato por motivos de seguridad” (¡!). El legislador las calificó como «espantosas, sin precedentes y totalmente repugnantes«, y como una muestra del «colapso público del orden constitucional» de Estados Unidos, al arrogarse un poder que la Constitución asigna exclusivamente al Congreso.

Si grotesco, grosero y de mal gusto resulta escuchar a este sujeto, igualmente patético e indignante fue observar a un genocida como Benjamín Netanyahu, con orden de captura internacional, presentarse a la tribuna, observar a la mayoría de la asistencia retirarse en protesta y, desde el podio, llamar “cobardes” a quienes con dignidad le daban la espalda, como antes había hecho la delegación cubana al oír las amenazas e infamias del inquilino de la Casa Blanca contra su país.

Trump se refirió al presidente Maduro como un «criminal» y un «dictador» y presumió del acuerdo petrolero entre Washington y Caracas. Era de esperar. Es su estilo y el actual estado del imperio, que no requiere de florituras verbales porque no pretende convencer a nadie; hoy su estrategia de dominación se basa en la coerción y la agresión.

No parece, en cambio, tan previsible y mucho menos justificable, que desde Nueva York, la presidenta encargada de Venezuela, a pocos kilómetros de donde el imperio mantiene secuestrado ilegalmente al presidente legítimo de la República Bolivariana, no haya ni siquiera mencionado el nombre de Nicolás Maduro, pero que haya agradecido a su secuestrador por haber abierto «caminos de diálogo y cooperación«.

Aunque, tal y como sugirió la mandataria en su discurso, será el pueblo venezolano el que finalmente decida su destino, sus palabras obviaban que la nación fue invadida, su suelo pisoteado, que sus ciudadanos y 32 héroes cubanos cayeron defendiendo una dignidad, un proceso y una soberanía que parece hoy cosa del pasado . No se puede oír este discurso sin evocar al Comandante Chávez, irreverente ante un imperio que jamás pudo ponerlo de rodillas.

Hablar de paz ante un monstruo imperial como los Estados Unidos, que se vanagloria de someter pueblos pacíficos y soberanos bajo la fuerza bruta de su insaciable sed de recursos ajenos suena, cuanto menos, fuera de lugar.

El espacio para la dignidad

Pero no todo en estas sesiones fueron manifestaciones de salvajismo, prepotencia o sumisión. Hubo también un importante espacio para la dignidad, para la denuncia, para recordar que los pueblos no aceptan ni aceptarán la imposición de una camarilla aventurera que está poniendo en peligro la vida y la paz en el planeta.

Ya mencionamos la actitud de la delegación de Cuba, retirándose ante el infame discurso de Trump, y que prácticamente el pleno de la Asamblea General dejó solo al genocida jefe del estado sionista, con sus discursos de odio y su victimización patológica.

El discurso del presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, fue un ejemplo de dignidad. Sus palabras han generado un consenso entre analistas internacionales. “El mandatario de un país que lleva casi siete meses siendo bombardeado por Estados Unidos e Israel, pronunció un discurso más sereno, más racional y más apegado al derecho internacional que el presidente de Estados Unidos” (Allan Barroso, Revista Pacto, 25/09/26).

El presidente iraní no subió a la tribuna de la ONU para amenazar sino para denunciar el doble rasero de la comunidad internacional y exigir el fin de las sanciones, al tiempo que denunció el genocidio en Gaza, con la contundencia que un drama de tal magnitud exigía. Algunas frases de su discurso merecen destacarse particularmente:

 «Aquellos que son terroristas y entrenan terroristas nos dicen que nosotros somos terroristas».

«Las bombas nucleares están en Israel, pero los inspectores están en Irán. Israel mata, pero Irán es sancionado…».

«No debemos construir un mundo en el que el poder militar reemplace a la legitimidad, las sanciones reemplacen a la diplomacia, el terror reemplace a la política, y la guerra reemplace al diálogo».

“En Gaza, asesinaron a más de ochenta mil personas inocentes. Bombardearon y mataron a estos niños, con armas suministradas por Estados Unidos e Israel. No eran culpables de nada. No habían cometido ningún crimen».

El narcotráfico como excusa

Esta última semana, Estados Unidos y gobiernos participantes en el Escudo de las Américas, emitieron una serie de primeras sanciones y medidas conjuntas contra 24 grupos de la región declarados por Washington como criminales y terroristas.

Se trata de la declaración suscrita por el gobierno del presidente Trump y sus homólogos de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, y Trinidad y Tobago.

«…. declaramos nuestra intención de imponer, según proceda y de conformidad con nuestras respectivas obligaciones jurídicas internacionales y nacionales, la congelación de activos; restricciones de inmigración y de visados para los miembros, asociados y simpatizantes de dichas organizaciones…», dice el texto oficial difundido el pasado jueves.

Con la lucha contra el narcotráfico como excusa para todo, como antes lo fue la lucha contra el comunismo, el grupo de países convertidos en satélites imperiales se compromete a combatir coordinadamente actividades criminales en sus territorios.

Sin embargo, una mirada al listado de organizaciones incluidas permite encontrar, mezcladas entre carteles claramente dedicados al crimen organizado en todos los niveles (narcotráfico, trata de personas, tráfico de armas, lavado de dinero, etc.), organizaciones político-militares de carácter insurgente, sin otra relación con el crimen organizado que la que Washington arbitrariamente pretende atribuirles, a partir de su ideologizado extremismo.

Es allí donde se empieza a revelar el carácter contrainsurgente de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, que constituye el marco contextual de un conjunto de medidas y formulaciones, como la propia alianza denominada Escudo de las Américas, que evoca los fines con que se creara, en 1947, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), o Acuerdo de Río.

“Grupos disidentes de las FARC, entre ellos FARC-Estado Mayor Central, FARC-Segunda Marquetalia, o grupos con apodos, afiliados y sucesores, el ELN, Sendero Luminoso (Shining Path)”, son todos incluidos en la lista de Washington. 

Cabe mencionar, finalmente, que un número considerable de organizaciones señaladas pertenecen a Brasil y México, dos países que  no integran el infame “escudo de la dependenia imperial”.

Ambos países rechazan el carácter de “terroristas” atribuido desde Washington a grupos criminales que sus gobiernos combaten con sus respectivas legislaciones y estructuras de seguridad ciudadana.

Al rechazar esta definición, ambas naciones advierten acerca de las intenciones y potencialidad intervencionista que esta conlleva.

Al leer la declaración emitida por el grupo de países al servicio de Washington, se identifican claramente las intenciones de fondo, que incluyen de manera destacada asegurar la extracción y las cadenas de suministro de minerales y otros recursos naturales estratégicos hacia EEUU:

“Defender nuestras economías reforzando la cooperación económica; explorar mecanismos de selección de inversiones; salvaguardar las cadenas de suministro de minerales críticos mediante un abastecimiento diversificado y fiable; y promover regulaciones fiables de proveedores para infraestructuras digitales, aplicadas de forma no discriminatoria […]”.

Intervención y contrainsurgencia son, al fin y al cabo, las características que va adoptando la política imperial para la región, previendo un eventual nuevo ciclo de confrontaciones y luchas populares en defensa de una soberanía cada vez más amenazada y, en muchos casos, entregada por los gobiernos de turno, a los intereses de Washington y sus corporaciones.

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