¿Democracia?

Ya firmes los resultados de la elección presidencial en Colombia, parece oportuno extraer lecciones que pudieran ser útiles para otros países de Nuestra América.

No nos referimos únicamente a los aspectos electorales, que sin duda dejan reflexiones importantes, particularmente en  cuanto al modelo jurídico-político que prevalece en nuestro Continente, su vigencia y funcionalidad para resolver los problemas de la gente, de las y los trabajadores, del pueblo llano, de aquel que guarda entre sus activos su capacidad potencial de cambiar las cosas.

Aquello que llamamos poder, y que pocas veces los pueblos son conscientes de tener, de disponer de él y de usarlo adecuadamente, porque otros se encargan de que ese poder jamás sea ejercido en sentido contrario a los intereses de las clases dominantes.

Las elecciones en Colombia tuvieron sin duda aspectos a destacar. No basta con quedarse con la idea de que un cambio de gobierno, de signo contrario al anterior, pueda considerarse natural en el modelo de democracia representativa que nos han impuesto desde el poderío de clases económica, política e ideológicamente dominantes, que detentan un poder que nunca arriesgan, que nunca ponen a consulta de las mayorías.

Ese poder fáctico y elitista no se debate democráticamente, se ejerce autoritariamente, la mayoría del tiempo en silencio y con discreción pero, cuando es necesario, con toda la violencia y la arbitrariedad del Estado, necesaria para asegurar que “las cosas sigan como deben seguir” o que, con sentido gatopardista, cambien solo en la apariencia superficial.

En Colombia, como ya había sucedido en infinidad de casos recientes en la Argentina de Milei, el Chile de Kast, la Honduras de Asfura, el Ecuador de Noboa, el Perú de Keiko Fujimori, por citar algunos, no fueron solo fuerzas reaccionarias internas las determinantes, sino, sobre todo, injerencias imperiales directas y abiertas, atribuyéndose el derecho de establecer quién debía ser elegido para defender sus intereses.

Es parte de la implementación del llamado Corolario Trump de la revisitada Doctrina Monroe, reimplantada a través de la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025.

Argumentar que quedaba en manos del pueblo soberano la decisión de optar por la sugerencia imperial o tomar su propia decisión independiente, sería cuanto menos ingenuo, aunque lo más probable es que se tratase de un argumento falaz y viciado, para justificar estos tiempos de “democracias condicionadas”, como gustan denominar algunos intelectuales orgánicos del sistema, y hasta ciertos progresismos, a esta aberración que no tiene nada de democrática, y que representa el cadáver putrefacto de un modo de dominación que se extingue entre estertores, pataleos, y muerte y violencia contra quienes se le opongan.

Afirmar que en estos tiempos los pueblos deciden libremente, y que en esa condición escogen alegremente a sus verdugos, es negar lo que está a la vista, empezando por las amenazas y “sugerencias” que un delincuente convicto lanza desde la Casa Blanca; es obviar la corrupción al electorado mediante la compra de votos en niveles sin precedentes.

Presumir que hay voluntad popular cuando se manipulan los datos electrónicos de votantes, cuando las empresas verificadoras son privadas, como en Colombia, o están sujetas a la decisión discrecional del Ejecutivo, que quita y coloca piezas, como sucede en la dictadura salvadoreña, no es ingenuidad sino complicidad abierta con el régimen y el imperio que lo controla.

Pero no es solo la democracia procedimental, de raquítico carácter electoral la que está en crisis, sino el modelo de dominación en su conjunto. Los procesos electorales viciados no hacen más que subrayar este hecho.

Un viejo dirigente liberal burgués afirmaba, desde la elocuencia de sus discursos presidenciales, que “con la democracia, se come, se cura y se educa.[1]

Pensar la democracia en esos términos no parece hoy describir el modelo liberal burgués, representativo y parlamentario que rige la vida de millones. Porque es precisamente ese régimen jurídico, más específicamente la crisis profunda de ese modelo, la que abre las puertas al fascismo de este siglo XXI, que se apoltrona en los Ejecutivos de nuestros países para asegurar dos cosas:

  • la extracción de riquezas y recursos naturales hacia Washington, con control territorial geoestratégico y;
  • la acumuación concentrada de capital a costa de sus  respectivos Estados, en favor de los círculos de poder familiar y sus socios cercanos.

Son las nuevas clases dominantes emergentes, funcionales al imperio, las que definen el carácter “democrático” de los procesos que sufren nuestros pueblos.

Porque esta democracia que nos venden hace tiempo que dejó de servir para comer, para curarse o para aprender. Algunos ejemplos cotidianos en Nuestra América lo subrayan.

En Argentina, una dramática publicación en redes sociales, desde los comedores populares, este fin de semana, lo explica:

«Las filas del hambre cada vez más largas, la comida que se puede dar en los comedores cada vez es menor. » No alcanzó en Rosario para abastecer a cada vez más familias que hacen filas en los barrios y en todas las provincias de Argentina.» […] «Filas de cuadras del hambre esperando frente a los comedores comunitarios en Rosario y Córdoba, en Mendoza, en San Juan, en San Luis, en Buenos Aires.» «El tejido social se desgarra bajo un ajuste que vacía ollas.» Los comedores comunitarios resisten desbordados como el «último dique de contención frente al estallido». La realidad desmiente el relato oficial: «el ajuste lo sufren los trabajadores sobre pisos de tierra», viendo cómo la ración de guiso se achica. Cuando el Estado abandona su rol, «lo que se extingue no es el déficit, sino la dignidad».

Otro ejemplo, El Salvador: el bienestar asociado a la reducción de la violencia criminal no eliminó las inseguridades financieras, alimentarias, ambientales y sociales.

En el pulgarcito de América, la “democracia de mano dura” impuesta por un mesiánico mitómano de interminables promesas que jamás cumple, ha multiplicado el hambre en lugar de los panes.

“Un El Salvador donde nueve de cada diez personas cerraron 2025 con la percepción de que “todo está más caro”; donde el 58.2% de los hogares redujo su consumo de carne, leche, huevos y frijoles para sortear la inflación; y donde el salario mínimo presenta una brecha de al menos 180 dólares respecto a lo que las familias consideran necesario para sobrevivir dignamente cada mes, según una encuesta especializada del Iudop”[2].

Modelos democráticos agotados

Podríamos seguir escalando en la encuesta continental de los juegos del hambre a que nos somete esta seudo-democracia impuesta como panacea; lo podemos ver también en los servicios públicos de salud abandonados, y en la educación pública, considerada un gasto innecesario si no resulta funcional a la producción de nuevas condiciones para la concentración de capital y nuevas oportunidades para la explotación y superexplotación.

Resulta claro que no es por un sistema así de mezquino y clasista que los pueblos han venido luchando desde hace décadas. Hoy, ese modelo que hace aguas subsiste, en parte, porque desde las izquierdas revolucionarias, aún no logramos producir una propuesta superadora que convoque a la lucha victoriosa contra este tiempo contrarrevolucionario que nos imponen.

Seguimos huérfanos de paradigmas emancipatorios y realistas que ofrezcan un horizonte de democracia verdadera, participativa, asamblearia, directa, que responda a los intereses de los más, de las eternamente olvidadas, de las y los discriminados permanentes.

Un proyecto que no se dedique a elevar pobres a clase media consumidora sin cosciencia, sino a centrarse en la transformación radical de las relaciones sociales de producción, mientras se avanza en garantizar soberanía alimentaria, energética, financiera y tecnológica, con nuevas formas de integración desde el Sur Global.

En cada rincón del Continente los sistemas electorales hacen agua. No es un acccidente, es la esencia de un modelo de dominación agotado, que solo puede recurrir a la coerción, a la extorsión o a la amenaza para sostenerse.

¿Podemos desde las izquierdas, darle la espalda a ese modelo agotado?

La respuesta no puede ser lineal ni única. Dependerá del nivel de consciencia desarrollado por los pueblos. Donde el modelo aún mantenga cuotas considerables de credibilidad en la percepción popular, no en la visión de los sectores políticos más adelantados, que obviamente detectarán rápidamernte los vicios del modelo, parece válido seguir participando, aunque las posibilidades de triunfo formal se alejen cada vez más, en la medida que el sistema se corroe y pudre progresivamente.

Pero participar no significa generar ilusiones de victorias imposibles en el pueblo sino elevar su consciencia, denunciar el fraude institucional, la injerencia internacional y, sobre todo, mostrar con hechos y no solo con palabras, que la lucha en todos los terrenos, particularmente la lucha social organizada y de calles, la resistencia unitaria antifascista desde el campo popular, serán clave para construir poder popular hacia una nueva democracia, al servicio de las grandes mayorías postergadas, que ya no deberán esperar ser representadas sino que se representarán a sí mismas, ejerciendo el poder creciente de las masas populares revolucionariamente organizadas.

La defensa de la soberanía nacional y popular presupone un pueblo organizado y consciente para avanzar en esos objetivos. Garantizar esas condiciones es la tarea del momento.


[1] Frase pronunciada en diciembre de 1983, por el argentino Raúl Alfonsín durante su discurso de asunción presidencial, marcando el retorno de Argentina a la vida democrática. Con ella, Alfonsín no solo definía a la democracia como un sistema de votación, sino que la presentaba como una herramienta fundamental para garantizar la dignidad, la salud, la alimentación y el progreso social.

[2] https://noticias.uca.edu.sv/editoriales/mas-alla-de-la-seguridad

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